Champions
Enrique López Rull
En el fútbol, como en todo lo demás, resulta mucho más fácil destruir que construir. Alfredo di Stefano lo explicaba así: “Para construir una casa tengo que ir cinco años a la universidad, para destruirla solo necesito un martillo”. Sin menospreciar la importante aportación de los medios recuperadores y en general de los defensas (quizá la metáfora de di Stefano sea un poco exagerada en cuanto a las proporciones), la frase encuentra su sentido si pensamos que cuanto mas cerca estamos del área rival mayor será la presión defensiva, y por lo tanto, menor el tiempo para pensar y ejecutar una solución. Lo lamentable es que hoy en día se juega mas a destruir que a construir y los jugadores tienen mas obligaciones que derechos. La inseguridad de los entrenadores los hace poner especial énfasis en labores de sacrificio y marca y es normal ver alineaciones donde ocho o nueve hombres tienen la prioridad de recuperar la pelota y solamente dos o tres la de manejarla como se debe. Lamentablemente esta formula se esta poniendo de moda pero afortunadamente no es infalible. A veces, los caprichos del fútbol son más grandes que los de cualquier entrenador, y el partido se sale de su libreto original. Esa es la magia del fútbol: no esta nada dicho hasta el silbatazo final, y el juego da para contar mil y un historias de todo tipo. No importa cuanto analicemos previamente un partido, hacer un pronóstico siempre resulta en un mero ejercicio del ocio.
A la final de la Champions League llegaron dos equipos cuya fortaleza común era el orden y la disciplina. En el camino quedaron equipos como el Barcelona y el PSV con propuestas alegres basadas en el respeto a la pelota. Personalmente me imagine una final aburrida; me atreví a pronosticar un cero a cero o quizá el uno a cero a favor del implacable Milán, que seguramente anotaría un gol en el los últimos minutos. Afortunadamente me equivoque, y presenciamos un partido para la historia. Al primer minuto Paolo Maldini arruinó mi pronóstico, y el Milán se olvido del catenaccio por 45 minutos. El tres a cero, a pesar de superar mi primera expectativa, me provocó algo de desinterés en el juego; ¿Cómo podía levantarse el Liverpool de un tres a cero ante el cauteloso Milán? Pensando que todo estaba dicho, salí de mi casa un momento y a mi regreso no podía creer lo que veía. El Liverpool se había levantado de la tumba y había empatado un partido que claramente no era el mismo que yo dejé. Los ingleses nunca se dieron por vencido, y dando una lección de amor propio al mundo hicieron lo que nadie creía. Los italianos adelantaron la celebración pero no contaban con el orgullo de un equipo cuya mística le alcanzo para dar la vuelta al partido y sentenciar a un Milán que peco de soberbia.
No me hubiera gustado que el Milán fuera campeón. Reconociendo que tiene un mejor equipo, me parece que no se vale jugar como juega teniendo jugadores de clase mundial en sus filas. Se dice que un buen entrenador es aquel que es capaz de armar un sistema en base a los jugadores con los que cuenta, y el Milán no es congruente con su talento y su propuesta. Hay que agradecer que en la final se olvidaron de esto y jugaron bien al fútbol, y me atrevo a decir que perdieron el partido que quizá no merecían perder; no quiero decir con esto que el Liverpool no es el justo campeón, pero después de cómo eliminaron en semifinales al PSV haciéndonos derramar bilis a los amantes del buen fútbol, no merecían la corona aunque dieran por fin un partido generoso. No merecían ese premio.