Y cuando desperté… el dinosárbitro seguía ahí
Efectivamente. Cuando desperté... El pésimo arbitraje seguía ahí, manchando, ensombreciendo, lacerando a la liga. Resulta paradójica y hasta irónica la situación que nos vemos obligados a tolerar.
Unos dirán: “no hay que ser tan agresivos ni tan exagerados con los árbitros”, “hay que entender y soportar que los árbitros, incluso los peores, son parte del juego”, “hay que ponernos en sus zapatos”.
Pues bien, pongámonos pues en los zapatos del silbante: Amanezco una mañana del sábado y subo -qué hueva!- al Ajusco a "trabajar", no hay pedo, total, sólo tengo que correr al rededor del círculo central, pitar únicamente lo que desde ahí aprecie, pitar 70 de los 90 minutos y en las jugadas controvertidas marcar en contra del equipo que peor me caiga (y conste que no lo haré en favor de ningún equipo, sólo en contra del otro). Pensándolo bien es un buen trabajo, no es tan bien remunerado pero puedo llegar tarde y nadie me dice nada, puedo salir antes y tampoco nadie me reclama, si alguno de los jugadores me exige un buen servicio por que de sus cuotas sale en dinero con que me pagan, siempre tendré mis tarjetitas para quitármelo de encima, si me equivoco gravemente en mis marcaciones, nadie me despedirá ni me descontará un centavo como suele hacerse en casi cualquier trabajo, no pasará de que el equipo perjudicado meta una cartita que al fin y al cabo nunca procede y podré volver a pitar con el mismo sueldo o pago el siguiente fin de semana en el Ajusco o en otra liga más cercana a la cual el Colegio también le toma el pe... perdón, también le presta sus servicios, y además tendré la gratificante recompensa a mi gran esfuerzo de ver en la banca al jugador que teniendo motivos nunca me insultó pero que después de solicitarme un buen trabajo de buena manera, no lo pelé y procedió a solicitármelo con ostensible descompostura de gesto, diciendo respetuosamente lo que pensaba de mí y terminó por colmarme el plato y lo eché. Que manía tan recurrente e incisiva tienen estos pobre jugadores pidiéndome una y otra vez que corra, que silbe adecuadamente, que tenga criterio, como si no supieran que si no me da la gana hacerlo no lo voy a hacer, que yo soy la autoridad y nadie me puede quitar el poder que semanalmente y durante 90...bueno 80...está bien, está bien, 70 minutos me otorgan los que saben que no voy a poder detentarlo en ningún otro momento de la semana. Y la cereza del pastel viene de ahí: todas las frustraciones y complejos de inferioridad que mi entresemana supone, se verán atendidas y resueltas cuando someta al yugo de mis tarjetas a mis mal hablados sí, pero al fin y al cabo leales y fieles súbditos que seguirán obligados a respetar mi envestidura. Saben qué mis queridos colegas silbantes: ¡Qué viva el llano!
No señores, el Ajusco no es y hasta donde tengo entendido nunca ha sido una liga llanera. La liga del Ajusco, a pesar de sus campos actuales, no puede ser una liga llanera, porque lo llanero no es jugar en el llano, sino pensar como en el llano. La liga del Ajusco, quiero creer, está echa para convivir, para divertirse, no para dar espacios de Poder ni para subsidiar terapias que atiendan los complejos de inferioridad de nadie. Esta liga está planeada por una Asociación Cultural de reconocidos y paganos intelectuales de amplias disciplinas, gente del arte, de las letras, de la política, que no puede permitirse el lujo de emplear y sobretodo dejar decidir, a gente que confunde el Poder “Can” con el Poder “Power”; que en lugar de inspirar respeto inspire miedo a las tarjetas, a las lesiones, a los reportes infundados, a semanas de inactividad o a toda una temporada echada por la borda; gente curtida bajo las enseñanzas filosóficas de “ Don Juan Camaney” que creen que si uno les pide que sean serviciales lo entienden como que se les pide que sean serviles; gente que confunde el diálogo con la insolencia, gente propia del medioevo.
No resulta muy enriquecedor para una Liga como la del Ajusco sostener reglas que en todo les favorece a estas gentes. Que procede porque viene en la cédula, que no porque no viene asentado ahí, que si lo insultas te cobro y te suspendo, que si él (árbitro) te insulta no lo vi o no le cobro y lo vuelvo a programar para el siguiente juego. Si se pide que uno como jugador asuma sus responsabilidades (que lo tiene que hacer aunque no quiera), exíjase también a los silbantes que lo hagan. El silbante no puede ser testigo de nada cuando él mismo está involucrado en el conflicto que se sanciona, por lo tanto no puede ser su dicho asentado en la cédula lo que determine la sanción y las medidas a tomar. Es cierto que tenemos que erradicar las malas conductas contra los árbitros, pero quien va a erradicar las de ellos contra los jugadores. Es una mentira que los castigos ejemplares, que por lo regular se convierten ejemplarmente exagerados o ejemplarmente injustos, sean el mecanismo idóneo para erradicar o modificar una conducta. Desde el punto de vista de la Psicología Tradicional eso así sería, pero resulta que la psicología tradicional es en rigor una etología, una ciencia encargada del estudio y la modificación de las conductas animales (preferentemente de pichones y ratas), pero desde el punto de vista estrictamente psicológico, los “castigos ejemplares” no hacen sino exacerbar la animadversión del castigado sobre el castigador, no erradican ni modifican la conducta indeseable, por el contrario la promueven. Cuando los castigos son justos, y con ello no me refiero necesariamente a la disminución del moto y tiempo del castigo, sino a aquellos castigos que implican y resultan de un proceso de intercambio de argumentos de todos los actores involucrados, los comportamientos, efectivamente, tienden a modificarse.
Asumiendo el riesgo de que estas líneas sean enviadas al olvido como las notas en las botellas lanzadas al mar, espero que la Asociación o al menos la liga, no siga promoviendo que los árbitros se conviertan en la Santa Inquisición, que las épocas y las inercias no terminan con el paso del tiempo sino con el cambio de mentalidad de los que las proceden, que el llano no está en los hoyos de las canchas o en la cantidad de tierra que éstas dispongan al viento, sino en la mentalidad y en el espíritu de los que conforman una liga de fútbol. Lamento reconocer que este sábado 26 de febrero de 2005, por la ineficiencia y prepotencia de los árbitros, por la incapacidad para contenernos y comportarnos a la altura de los jugadores, y sí, por el estado de las canchas, que cerca estuvimos de convertirnos en LLANO.