Identidad de equipo.
Por Valentín "El Chino" Albarrán
Bastante se ha dicho ya acerca de los naturalizados en la selección. Se han esgrimido suficientes argumentos a favor y en contra y la verdad, hasta la fecha ninguno me convence. A ratos me siento profundamente nacionalista y hasta coraje me provoca ver a Zinha con la verde puesta, mientras que en otros momentos me emociono con sus goles (pocos por cierto) o con los del Guille. Salto del sillón como saltaba al ver a Nacho Ambríz fuera del área con el balón a modo en la eliminatoria para el mundial de 94, o como con el gol de Marcelino contra Italia o el del Matador contra Alemania en el 98 o el de Vela contra Brasil en la sub 17. Me sorprendo en la algarabía del gol propio y me cuestiono el porqué de mi emoción si lo metió un jugador no nacido en México, y me rebato que no importa, que el TRI ya va ganando y eso es lo importante, y creyéndome ya bien autoterapeado, me sale la sangre chiva y me vuelvo a enojar porque siempre interpreté al deporte (por lo menos desde el varón Pierre de Cubertain) como el sustituto ideal de las guerras, es decir, el escenario ad hoc. para que las naciones resolvieran sus diferencias de esa manera y se viera cuál domina mejor las armas de las disciplinas olímpicas y no bélicas, lo cual al fin y al cabo es la misma cerrazón porque si se busca ser mejor que el otro es para dominarlo, y llega entonces el concepto de globalización y se me mete en las ideas y me regocijo con el gol de nuevo, sólo que ahora hasta con un cierto dejo de culpabilidad por haberme descubierto una faceta xenófoba. Y tras tantos ires y venires, encuentro entre mi bagaje cultural y profesional un concepto que me deja tranquilo, a saber, el de identidad.
Y me quedo tranquilo porque con esa palabra vienen además, una serie de historias tan semejantes en cualquier latitud de exiliados, perseguidos, emigrantes, trotamundos, criollos, mestizos, sambos, mulatos, fugitivos de la pobreza de su tierra natal, buscadores incansables de oportunidades donde las haya y en fin, tantos casos de gente que no habita en el país del que es oriundo por necesidad, y en la mayoría de los casos por razones ajenas a su voluntad. Y por si fuera poco, todavía me alcanza la tranquilidad para reconocerle probablemente su única virtud al PRI-gobierno: el gran acierto de la política exterior mexicana de fronteras abiertas y asilo al que lo necesite, que prevaleció durante tantos años al cobijo de la otrora vigente doctrina estrada y de la cual se beneficiaron una cantidad de gente verdaderamente inconmensurable, y siento orgullo por pertenecer a una nación solidaria, abierta al mundo, una nación que no se empacha de diversidad, que mantiene la propia y adopta la ajena. Y me dejo de chauvinismos y nacionalismos y xenofobias y recuerdo que mis amigos y mi familia y yo somos mestizos, que no existe raza pura más que en peligro de extinción y apropósito recuerdo que lo que hay que mantener no es una raza, aunque por ella hable el espíritu, sino una identidad.
Luego entiendo que lo que subyace a la bizantina discusión de los naturalizados en la selección es una duda, una incertidumbre no acerca de su nacionalidad, sino de su identidad como mexicano. Es decir, ¿Te sientes mexicano? ¿Vives aquí? ¿Sudas le camiseta o sólo estás porque en tu país de origen no la hiciste?
Y me lo pregunto a mí mismo, y me contesto que si juego con el Andorra no es porque tenga familiares o amigos o siquiera conocidos en ese nevado sitio europeo, o porque haya pasado por ahí alguna vez, sino porque me identifico con el grupo ajusqueño, con su manera de jugar, con sus integrantes quienes juntos son, es decir, somos, más que la suma de todos: somos un equipo.
Yo prefiero en el equipo mexicano un tipo como Franco que se rompe la madre en cada juego que uno como Nery Castillo que no quiere, no le seduce, no le apasiona jugar acá, por lo tanto no sirve. Y poco importa si los naturalizados se saben un himno tan fascista y ese sí, xenófobo como el mexicano, si comen tortillas maseca o si admiran al presidente de la república, porque a quienes aquí nacimos no son esas cosas las que nos identifican, sino el profundo coraje cuando alguien nos insulta, la rabia que se incuba cuando alguien nos discrimina como nación, y germina vuelta fuerza y tenacidad y orgullo cuando nos sobreponemos y nos alzamos con la victoria. Y si se tiene el valor de ser mexicano y de ser futbolista y de ser ganador, entonces se tiene lo que se necesita para estar en la selección.
Bienvenidos a nuestro fútbol todos aquellos que convencidos y deseosos deciden hacerse mexicanos con todas las de la ley, bienvenidos si vienen a hacerse mexicanos primero y luego jugadores. Lo que no hay que perder de vista sin embargo, es la necesidad de producir más y mejores futbolistas mexicanos. Bienvenidos los criollos y mestizos de cualquier latitud que vienen a engrosar las filas de los clubes de fútbol mexicanos, sobretodo si lo hacen desde fuerzas básicas, porque creciendo con fútbol de clase mundial es como se va a desarrollar el nuestro, más no sustituyéndolo por aquel.
Creciendo juntos como personas, jugadores y compañeros es como crearán una identidad de equipo y si ésta dura lo suficiente, el fútbol también lo hará.