Muerte en la cancha
por Juan Villoro

Texto tomado del periódico Reforma

Nada tan difícil de entender como el corazón. Lo saben los cardiólogos, lo saben los poetas. Los latidos miden el tiempo pero no se miden a sí mismos. Esta incertidumbre esencial cobró imborrable dramatismo con la muerte de Antonio Puerta, futbolista del Sevilla.

Que un hombre de 22 años se derrumbe en el césped sin aviso ni causa aparente, revela la precariedad de todo destino. Que lo haga mientras ejerce la felicidad, en el equipo que acaba de alzar la Supercopa, recuerda que toda dicha llega en compañía de un posible revés, la ceniza que tendrá su hora.

Las puestas en escena tratan de sustraerse al flujo habitual del tiempo, proponen un territorio alterno, a salvo de los sucesos comunes. La irrupción de la realidad en el teatro o el estadio obliga a pensar si el riesgo no fue convocado por las condiciones en que se ejerció la representación.

Hoy en día, un deportista de alto rendimiento se acerca más a un mártir del castigo físico que a un emblema del bienestar. Una vez retirados, los atletas padecen molestias desconocidas por quienes no se ganan la vida entre codazos.

En días de partido, un basquetbolista cena con bolsas de hielo amarradas en las rodillas. En el caso de un futbolista, el hielo suele estar en los tobillos. La medicina deportiva prepara cocteles energéticos que rozan el dopaje. Quien usa su cuerpo para competir, cede con facilidad a las supersticiones terapéuticas: el delantero que falla tres goles cantados decide centrifugarse la sangre. Podemos recordar la mirada borrosa de Ronaldo en la final de Francia 98, inyectado para jugar en condiciones indignas para un caballo de carreras.

La vida breve de los atletas y el excesivo dinero que reciben parecen justificar el exceso físico. Por motivos más cercanos al comercio que a la pasión, cada vez se disputan más torneos y los entrenadores buscan estrategias para servirse de sus cracks sin destruirlos. El tema del momento son las rotaciones. Sin embargo, eso atenta contra la psicología de quien vive en estado de competencia. Ser sustituido nunca es buena noticia. Si el equipo juega tres veces a la semana, el futbolista de raza quiere estar en ellos.

¿El infarto sufrido por Puerta se debió a una exigencia inmoderada? Las especulaciones son difusas porque el corazón no siempre se delata. Es posible que la autopsia arroje explicaciones retroactivas; aun así, la razón de fondo seguirá siendo insondable. Puerta se sometió a exigentes exámenes días antes de fallecer y recorría el campo con la ostensible autoridad de un atleta en forma. Una vez que se derrumbó, recibió las mejores atenciones y contó con todo el apoyo necesario en el hospital Virgen del Rocío. Su caso no apunta a un problema que pasó inadvertido, sino a un oficio que presiona al organismo sin que eso parezca un problema.

Puerta había sufrido antes un par de desmayos, señas de alarma que hubieran alterado la vida de personas menos entregadas al deporte. Si alguien se desvanece al escalar un volcán, lo más seguro es que se retire del montañismo. La vida de un profesional sigue otros códigos: el entrenamiento es un desgaste que no se nota. Bajo los reflectores, el crack transmite el poderío de un semidiós. ¿Tiene eso que ver con la salud? Por supuesto que no. Tiene que ver con la ilusión de fuerza que se le exige a quien suda para destacar.

En su eufónica sencillez, el nombre de Antonio Puerta era el de un ídolo del pueblo. Su vinculación con el Sevilla recordaba los tiempos en que se pasaba del barrio a la cantera. Esta identificación, difícil de encontrar en tiempos de fichajes planetarios, lo hacía más querido. El dolor que suscitó su muerte y las escenas de llanto en las calles hicieron pensar en las procesiones de Semana Santa en Sevilla, y en especial, el episodio de la Soledad de la Virgen, cuando la ciudad sabe que el hijo se ha perdido.

El número 16 que el lateral llevaba en la espalda se ha convertido en talismán casi religioso. La puerta 16 del estadio Sánchez Pizjuán es ya un santuario repleto de velas y numerosos aficionados del Betis, rival jurado del Sevilla, se pintaron el número 16 en sus camisetas verdiblancas. Conmovedoras como son, estas pruebas de respeto al adversario revelan que se necesita de una desgracia para sacudir la primaria animosidad que predomina en las canchas.

El futbol depende más de la imaginación que de los datos, y la tragedia de Puerta ha traído una coincidencia que desafía el entendimiento. En 1973 Pedro Berruezo cayó en el campo como alcanzado por una centella. También jugaba en el Sevilla, también esperaba un hijo, también había sufrido desmayos previos. Treinta y cuatro años después la escena se repitió. Quien crea que el futbol depende en exclusiva de los resultados ignora el sentido profundo y dramático del juego. A veces las estadísticas sólo ocurren para confundirnos.

Otra cosa que escapa a la razón es lo que un equipo le debe a quienes ya no juegan con él. De pronto, una escuadra que pasa por magnífico momento va a un estadio en el que pierde porque hace 24 años que siempre pierde ahí. ¿Cómo es posible que se cumpla ese conjuro? Futbolistas que no habían nacido cuando ocurrió la primera derrota se comportan como si no fueran ellos quienes disputaran el balón. El cronista brasileño Nelson Rodrigues supo entender esta extraña circunstancia: la muerte no exime a nadie de sus responsabilidades con el club. Los 11 jugadores y el público en las gradas representan una minoría en comparación con los espectros que asisten al partido. Ahí están todos los que alguna vez jugaron y gritaron en su nombre. Un equipo es tan grande como sus fantasmas.

Al conquistar la Supercopa, el Sevilla comprobó que su superioridad depende de la unión y el trabajo de conjunto. Ahora demostrará que sus muertos también juegan.

Antonio Puerta tiene la pelota.