Justicia e Injusticia
por Enrique López Rull
Que injusto es a veces el fútbol, porque el resultado no siempre nos cuenta toda la verdad.
Que injusto es a veces el fútbol, porque al final de noventa minutos solo importa si ganaste, empataste o perdiste.
En el fútbol consumista de hoy en día el pasado poco importa. Se fabrican ídolos mediáticos que el tiempo se encarga de poner en su justo lugar, y son pocos los jugadores, ya no digamos entrenadores, que logran permanecer en la memoria colectiva de lo que Jorge Valdano define como “el monstruo de las 100,000 cabezas”, refiriéndose así a la gente que desde la tribuna emite su implacable juicio.
Aunque se les olvide, los jugadores se deben a la gente. Si no existiéramos quienes pagamos un boleto o simplemente encendemos la televisión en busca de un partido, el fútbol profesional no existiría, pero hay que reconocer también, que todos formamos parte de este sistema resultadista, y somos, como afición, los primeros en exigir resultados; si estos no llegan, exigimos también las famosas limpias, olvidándonos de las viejas glorias, si es que las hubo, y olvidándonos también de que en el fútbol, como en la vida, a veces estamos arriba y otras nos toca abajo.
En el Necaxa, por ejemplo (no me dejara mentir el Doc), no importa el hecho de que Raúl Arias sea el técnico con mas constancia en este país; no importa que tenga campeonatos, no importa que trabajando con lo que al América le sobraba el consiguiera lo que consiguió; no importa que sea un símbolo necaxista, ahora se pide su cabeza por culpa de los malditos últimos resultados, y como ya dije antes, el juicio de la afición es implacable.
Cuauhtemoc Blanco, por su parte, es otro buen ejemplo de la volubilidad de la afición. Hace unos meses todos lo odiábamos, y ahora que es tiburón es capaz de meter alrededor de 50,000 personas al estadio en un miércoles por la noche, y ser el absoluto protagonista del partido.
Lo que vivió Cuauhtemoc el miércoles, y a pesar de haber enfrentado a sus águilas en ocasiones anteriores, fue una experiencia totalmente nueva para el. Acostumbrado a ser el mas despreciado por la afición en cada visita, en esta ocasión recibió enormes muestras de cariño por parte de los nostálgicos americanistas que sueñan con su regreso.
Cuauhtemoc jugo como Cuauhtemoc; tiro tacos, se distinguió como siempre por su habilidad natural con la pelota, mentó madres y hasta se la armo de tos a su compadre Pavel Pardo muy al estilo del “temo”. La verdad es que es el mismo de siempre, pero ahora que no se viste de amarillo hasta me cae bien. Pero mas allá de que nos caiga bien o mal, lo que sucedió en el estadio azteca el pasado miércoles me hace pensar que en el fútbol, a veces injusto con Cuauhtemoc Blanco, le tiene reservado un sitio en donde son pocos los que pueden arraigarse: en la memoria colectiva del monstruo de las 100,000 cabezas.