La suerte.
Enrique Lopez
Rull
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H |
ay quien dice que la suerte no existe. Quienes afirman esto,
tampoco creen en el destino, y futboleramente hablando, piensan que un partido puede
analizarse como si fuera un problema de matemáticas, mareándonos con números
que siempre quedarán a un lado a la hora de saltar a la cancha.
El azar es un elemento que juega cada partido, a veces de forma
decisiva. Puede transformar el resultado de un juego en el ultimo minuto, y no
puede ser controlado ni manipulado por ningún erudito técnico, directivo o
jugador.
Me río cuando escucho la trilladísima frase de “el partido puede
definirse por un error”. En realidad, todos los partidos se definen no por un
error, sino por la suma de varios. Cada momento de cada jugada ofrece una
infinidad de posibilidades, y la correcta elección de soluciones es la
diferencia entre los buenos y los malos jugadores. Pero como el fútbol es un
juego de acierto y error, los buenos jugadores no solo eligen bien, sino que se
adaptan a cada circunstancia, a veces provocada por el acierto y otras por el
error.
Para mí, la esencia y el éxito del fútbol como fenómeno social,
radica en esta dualidad: No hay acierto sin error, no hay ganadores si no hay
perdedores.
El azar provoca también la incertidumbre del resultado. A los
que nos gusta el fútbol, sabemos que no hay dos partidos iguales, aunque
iguales sean los resultados. Por eso no nos cansaremos nunca de mirar partidos,
siempre distintos, siempre únicos.
Hoy se jugó la final de la copa europea de campeones, y el Porto
de Portugal derrotó al sorpresivo Mónaco de Fernando Mordientes, que poco pudo
hacer para evitar el cómodo marcador de tres a cero que le endosaron a su equipo.
El partido fue parejo, a pesar de lo que diga el resultado. Los nervios se
apoderaron de los monegascos desde el primer minuto, y los errores se fueron
sucediendo uno tras otro, como una bola de nieve, cada vez mas grande, cada vez
mas descontrolada.
Sin embargo, el Porto también comenzó descontrolado, y al igual
que su oponente, no supo manejar la carga de adrenalina que implica jugar una
final de esta magnitud.
El partido, lejos de definirse por un error de los muchos que
hubieron, fue decidido por el factor suerte. No quiero decir con esto que el
Porto no es el justo ganador, me refiero más bien al minuto 20, en el que
Ludovic Giuly, generador del fútbol del Mónaco, sufrió una lesión en el muslo
que le impidió continuar en el terreno. Su lugar fue ocupado por el croata
Prso, que es el típico grandote implacable en el área; Morientes fue el
encargado de ocupar la posición de Giuly, por ser más apto para el manejo de la
pelota, pero tuvo que retrasarse del área, donde es realmente peligroso. Como
consecuencia de esto, el Mónaco nunca tuvo el control del partido, y muy poco
peligro pudo generar adelante.
Dicen los que saben, que la copa no se debe de tocar antes del
partido, porque es de mala suerte. Giuly, un escéptico de las cábalas, no solo
la tocó, sino que además le dio un beso. No puedo comprobar que este hecho tuvo
algo que ver con la derrota de su equipo o con lo que le sucedió a él, pero les
aseguro que si vuelve a jugar una final de lo que sea, se mantendrá lo mas
alejado posible del trofeo, a final de cuentas, a nadie le cae mal un poco de
suerte.
26 de junio del 2004.