Adiós al fútbol

Hace casi dos meses sufrí la ruptura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. Ese ligamento era ya un injerto, pues hace dos años me operaron de la misma lesión, teniendo que ponerme un tendón para reemplazar dicha parte de mi cuerpo. Hoy estoy a una semana de volverme a internar para que me vuelvan a intervenir quirúrgicamente, y ahora me pongan un injerto de cadáver.

Quizás no sobra decir lo doloroso que es esta lesión, lo difícil y tardado de la recuperación, lo cansado que es todo el proceso: es un viacrusis. La pregunta que puede estar en tu mente, querido lector, quizás es: ¿y cómo fue que dos veces te pasó lo miso? La respuesta es muy sencilla: jugando al fútbol. A lo mejor pareceré estúpido, pero es el mayor cosuelo que tengo: me sucedió esto mientras hacía lo que más me apasiona en la vida, lo que más me gusta, y por eso no lo lamento.

Hace unos años, a un amigo y compañero de mil batallas le pregunté: ¿y hasta cuándo vamos a jugar esto? Su respuesta careció de toda duda: hasta que se rompa. Pues bien, ya se rompió dos veces, y creo que ya se acabó.

Desde la fecha de la segunda ruptura hasta hoy, como comenté hace casi dos meses, mi mente ha girado constantemente en torno a una cosa: las canchas y mis recuerdos en ellas. Casi 30 años de patear la pelotita todos los sábados me dieron una cantidad de satisfacciones innumerables, así también me enseñaron cosas que muy difícilmente hubiera aprendido de otra forma. Y de las satisfacciones que más dentro me llevo y que nunca me olvidaré, son los guerreros con los compartí las batallas, los gladiadores con los que hombro a hombro coseché victorias y títulos, pero que también sufrimos juntos derrotas y sinsabores, comimos lodo y aprendimos de los fracasos. A todos ustedes, muchas gracias por permitirme ser parte de algo tan grande como es un equipo de fútbol.

Me llevo en el corazón la idea de ser siempre un guerrero, de ser siempre joven, de ser siempre un jugador de fútbol, y aunque no volveré a arriesgar mi integridad física en una cancha con ustedes (ya no quiero una tercera operación), hay alguien por quien sí estoy dispuesto a afrontar ese riesgo, y que el día que me pida ir a la cancha a batirnos en una guerra civil, no tendré la menor duda en hacerlo, ese alguien es mi hijo.

Abrazo a la redonda, la beso y le digo que no quiero que sea un adiós, sino un hasta luego, que añoro tenerla en los pies y verla rodar cerquita de mí. ¡Qué viva el fútbol!

Por Miguel Limón